La atención conjunta es mucho más que mirar al mismo tiempo un objeto. Es una habilidad comunicativa temprana, de naturaleza triádica, que implica coordinar la interacción entre el niño, el adulto y un tercer elemento del entorno. Como señalaron Moore y Dunham y posteriormente Tomasello, esta capacidad representa la base sobre la que se construyen procesos complejos como el lenguaje, la empatía y la cognición social.
En el desarrollo típico, los primeros gestos de señalar o seguir la mirada del otro aparecen alrededor de los 9 meses y se transforman en verdaderos actos simbólicos compartidos. Este proceso no es innato, sino que se nutre de contextos relacionales ricos, donde el adulto actúa como mediador ayudando a la infancia a construir significados de forma compartida. Sin atención conjunta, el mundo simbólico queda fragmentado y el aprendizaje social se ve seriamente comprometido.
Las niñas y niños con Trastorno del Espectro Autista (TEA) presentan alteraciones significativas en la iniciación y respuesta a la atención conjunta. A menudo centran su interés en detalles sensoriales aislados o en rutinas repetitivas, lo que reduce las oportunidades de compartir momentos de conexión significativa con otras personas. Esta dificultad no indica desinterés por el entorno, sino una manera diferente de procesar los estímulos y las demandas sociales.
Las investigaciones más recientes señalan que la falta de reciprocidad socioemocional no es un rasgo estático, sino un área susceptible de mejora mediante intervenciones adecuadas. Crear espacios que favorezcan la comunicación espontánea y reduzcan la presión social se convierte, por tanto, en un objetivo prioritario para profesionales de la educación y la terapia. La arteterapia, al proponer un lenguaje no verbal, emerge como una herramienta valiosa para tender puentes hacia el mundo del niño con TEA sin forzar interacciones que puedan resultarle aversivas.
La arteterapia permite construir un espacio intersubjetivo de relación donde el arte se convierte en mediador. A diferencia de las interacciones puramente verbales, el trabajo con materiales plásticos, texturas, luces y objetos transformables ofrece un canal de expresión menos amenazante y más ajustado a los intereses sensoriales de muchos niños con TEA. El terapeuta o educador no impone, sino que acompaña, observa y participa en el juego, creando oportunidades para que emerja la atención compartida.
Autores como Ruiz de Velasco y Abad Molina han documentado, a través de relatos de juego en contextos de instalaciones artísticas, cómo los niños pequeños desarrollan procesos de atención conjunta cuando interactúan en entornos diseñados desde la estética contemporánea y la fundamentación psicopedagógica. Sus observaciones muestran que el vínculo entre objeto, espacio y acompañante sensible genera un triángulo comunicativo en el que el símbolo puede brotar de forma natural, incluso en aquellos perfiles que presentan más dificultades para conectar con los demás.
Incorporar elementos de biodiversidad a los talleres de arteterapia significa abrir la experiencia a materiales orgánicos y seres vivos. Plantas aromáticas, semillas, cortezas, agua, tierra o pequeños insectos ofrecen una riqueza multisensorial difícil de replicar con objetos artificiales. Esta diversidad natural despierta la curiosidad innata, activa los sentidos y multiplica las posibilidades de que surja un foco de interés común entre el niño y el adulto acompañante.
Además, los elementos naturales poseen un ritmo propio y predecible que transmite calma y seguridad a las personas con TEA. Observar el crecimiento lento de una planta, el movimiento de un caracol o la transformación de las semillas en brotes introduce una temporalidad pausada que respeta los tiempos internos del niño. La naturaleza no juzga, no exige respuestas rápidas: simplemente está presente, ofreciendo un andamiaje perfecto para que la atención conjunta se instale sin presiones.
La exposición a texturas vivas como el musgo, la arena húmeda o las hojas secas estimula los sistemas táctil y propioceptivo de manera regulada, algo especialmente beneficioso para aquellos niños que buscan o evitan ciertas sensaciones. Al manipular estos materiales dentro de una sesión de arteterapia, se crean momentos de calma sensorial compartida, donde el adulto puede sintonizar emocionalmente con las reacciones del niño y aprovecharlas para iniciar intercambios comunicativos.
A nivel emocional, cuidar de una planta o crear una composición efímera con flores y piedras permite vivenciar el afecto y la responsabilidad sin mediación de un lenguaje abstracto. Este tipo de actividades reduce la ansiedad, fomenta la autorregulación y construye una base de seguridad afectiva sobre la que resulta más fácil edificar procesos de atención conjunta.
La combinación de arteterapia y biodiversidad se materializa de forma natural en el concepto de jardín sensorial terapéutico. Se trata de un entorno diseñado específicamente para despertar los sentidos, la curiosidad y las ganas de compartir descubrimientos. En este espacio, la vegetación, los materiales artísticos no tóxicos y los objetos de la naturaleza se disponen de manera que invitan a la exploración libre pero guiada, creando un escenario ideal para trabajar la atención conjunta con niños con TEA.
El diseño del jardín debe ser accesible, seguro y predecible. Cada rincón propone un contraste sensorial distinto: zonas de luz y sombra, superficies lisas y rugosas, colores intensos y tonos neutros, sonidos de agua o viento. Esta estructura ofrece puntos de anclaje para la mirada y la manipulación, facilitando que el adulto se incorpore a la acción del niño y comience un diálogo no verbal basado en la señalización, la imitación o la sorpresa compartida.
Organizar el jardín en áreas temáticas ayuda a graduar la estimulación y a ofrecer experiencias variadas. La zona táctil puede contener hojas de diferentes tamaños, cortezas, piñas y arena de río. La zona aromática incluye lavanda, romero y menta, plantas que liberan su fragancia al rozarlas. La zona de creación dispone de troncos como mesas, barro natural y pigmentos extraídos de frutos o tierra. La zona de movimiento alberga un pequeño circuito con troncos para trepar o caminos de piedras.
Cada zona se convierte en una oportunidad para el encuentro. El adulto no dirige la experiencia, sino que se sitúa próximo, observa aquello que atrapa la atención del niño y lo señala, lo nombra suavemente o lo manipula esperando una respuesta. Con el tiempo, este modelado sin imposiciones facilita la aparición de gestos deícticos y miradas de comprobación, primeras manifestaciones de una atención conjunta que va consolidándose.
La selección de materiales artísticos para las sesiones en el jardín sensorial debe priorizar aquellos que provienen directamente del entorno natural o que imitan sus cualidades. El uso de arcilla, pigmentos vegetales, ceras de abeja, papeles reciclados con textura de fibra o acuarelas con baja carga química ofrece una experiencia sensorial coherente con el entorno vivo. Estos soportes se integran sin rupturas en la propuesta, permitiendo que el proceso creativo fluya con la misma organicidad que el crecimiento de una planta.
Proponer actividades como estampaciones con hojas recolectadas, teñido de telas con cúrcuma o remolacha, creación de móviles con ramas y semillas, o registros gráficos en diarios de naturaleza activa procesos de planificación motora, coordinación e intencionalidad comunicativa. El adulto aprovecha estos momentos para compartir la tarea, ofrecer ayuda gestual y celebrar los logros, construyendo así una narrativa conjunta que fortalece el vínculo y la capacidad de atención compartida.
En esta propuesta, el rol del arteterapeuta o educador se aleja de la dirección explícita para convertirse en un facilitador de encuentros. Su principal herramienta es la observación atenta y la sensibilidad para detectar esos microinstantes en los que el niño muestra interés por un elemento. En lugar de preguntar o exigir respuestas, el profesional señala, imita, amplifica los gestos del niño o simplemente se sitúa en paralelo realizando una actividad similar.
Esta actitud de escucha activa y respeto por la iniciativa del niño con TEA es coherente con los principios de la atención conjunta descritos en los contextos de instalaciones de juego, tal como recogen Ruiz de Velasco y Abad Molina. El adulto se ofrece como un compañero de exploración, no como un evaluador. Cuando el niño percibe que no hay demanda, baja sus defensas y se muestra más permeable a compartir miradas, sonrisas y, finalmente, significados simbólicos.
Aunque cada niño con TEA presenta un perfil único, la integración de arteterapia y biodiversidad suele traducirse en mejoras observables en la frecuencia y calidad de la atención conjunta. En experiencias piloto con alumnado de educación infantil, se ha documentado cómo la introducción de elementos naturales en el taller incrementa los episodios de mirada compartida y gestos deícticos. Algunos participantes que inicialmente evitaban cualquier interacción comenzaron a señalar las hojas que caían o a buscar la mirada del adulto cuando un caracol aparecía en el terrario.
Los diarios de sesión y los relatos de juego escritos por los profesionales destacan tres grandes avances: mayor permanencia en la actividad, aparición de gestos comunicativos espontáneos y reducción de conductas estereotipadas durante la exploración con materiales naturales. La relajación sensorial que provoca el contacto con la tierra y las plantas actúa como un organizador interno que facilita la apertura al otro.
La atención conjunta puede mejorarse significativamente en niños con TEA cuando se utilizan herramientas que conectan con sus intereses sensoriales y emocionales más profundos. La arteterapia, al incorporar la biodiversidad como un componente central, se transforma en una vía privilegiada para crear encuentros genuinos y libres de presión. El jardín, el huerto escolar o un simple rincón con elementos naturales dentro del aula pueden convertirse en escenarios transformadores si se acompañan de una mirada respetuosa y una actitud de descubrimiento mutuo.
Para las familias, este enfoque ofrece además una sencilla guía de actuación: salir a la naturaleza, observar juntos una flor, recoger piedras o sembrar una semilla se convierten en rituales cargados de sentido que refuerzan el vínculo. No se trata de grandes proyectos, sino de pequeñas acciones cotidianas que, repetidas con amor y sin exigencias, siembran las semillas de la comunicación compartida.
Desde una mirada técnica, la integración de la biodiversidad en arteterapia aplicada a TEA encuentra sólidos fundamentos en las teorías de intersubjetividad primaria de Trevarthen, el desarrollo simbólico de Vygotski y los hallazgos sobre la atención conjunta como precursor del lenguaje. La novedad de esta propuesta reside en la utilización de elementos vivos como organizadores de la experiencia, lo que añade un componente dinámico, temporal y sensorial que trasciende los recursos plásticos tradicionales.
La evidencia sugiere que este abordaje contribuye a la regulación sensorial, facilita la aparición de protoimperativos y protodeclarativos, y sienta las bases para el desarrollo de la comunicación intencional y la cognición social. Los profesionales que deseen implementar este enfoque necesitan formación específica en arteterapia, conocimiento de especies vegetales seguras y una sólida capacidad de observación y registro narrativo. La creación de protocolos de evaluación basados en indicadores de atención conjunta en contextos naturalistas debería ser una prioridad para próximas investigaciones, permitiendo medir con mayor precisión el impacto de la biodiversidad en la intersubjetividad.
Promovemos la inclusión social a través de terapias personalizadas y programas artísticos para niños con autismo. Un espacio donde crecer y expresarse.